
Ficha técnica
Título: «Cualquier noche puede salir el sol»
Autor: Alfredo Gómez Cerdá
Editada por: Editorial Luis Vives
Colección: Ala Delta: Serie Verde
Materia: Literatura infantil y juvenil. Novela de aventuras y fantasía
Extensión: 186 páginas
Qualsevol nit pot sortir el sol. (Jaume Sisa)
Extraña y casi mágica aventura es esta que os vamos a referir ahora
(Antoniorrobles)
Antes de comenzar:

Nada más abrir el libro me han llamado la atención las dos citas elegidas por el autor para señalarnos el camino antes incluso de que comience la historia. Y ninguna parece estar ahí por casualidad.
«Qualsevol nit pot sortir el sol», título de la, quizá, más célebre canción del cantautor barcelonés Jaume Sisa, presta algo más que unas palabras a la novela: le entrega una declaración de principios. Porque afirmar que cualquier noche puede salir el sol supone aceptar que lo imposible quizá solo sea aquello a lo que todavía no hemos concedido permiso para suceder. Es una invitación a abandonar por un momento la lógica, a recuperar el asombro y a entrar en ese territorio donde la imaginación dicta sus propias leyes.
Acto seguido aparece Antoniorrobles para advertirnos: «Extraña y casi mágica aventura es esta que os vamos a referir ahora».
Poco más hace falta.
Entre ambas frases queda tendido el puente por el que Alfredo Gómez Cerdá nos invita a cruzar. De un lado, la promesa de que cualquier cosa puede ocurrir; del otro, la certeza de que estamos a punto de asistir a algo extraordinario. Y en medio quedamos nosotros, los lectores, obligados a hacer algo que los adultos practicamos mucho menos de lo conveniente: suspender la incredulidad, abrir la puerta y dejarnos llevar.
Porque quizá toda buena historia empiece precisamente así: aceptando que, por una vez, la noche puede alumbrar y los dragones pueden despertar.
Unas pinceladas acerca del autor:

Alfredo Gómez Cerdá nació en Madrid en 1951 y estudió Filología Española, especializándose en literatura. Comenzó su andadura literaria en el teatro, durante los años setenta, pero fue en la década siguiente cuando encontró en la literatura infantil y juvenil el territorio en el que desarrollaría la mayor parte de una obra extraordinariamente prolífica. Autor de casi dos centenares de títulos (si no los ha superado ya), traducido a numerosos idiomas y reconocido con algunos de los principales galardones del género, entre ellos el Premio Cervantes Chico en 2008 y el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2009, Gómez Cerdá pertenece a esa rara clase de escritores capaces de dirigirse a los niños sin hablarles desde arriba y a los adultos sin permitirles olvidar del todo al niño que fueron.
Hay una circunstancia que, en Cualquier noche puede salir el sol, adquiere un significado especial. Gómez Cerdá mantiene desde hace años una estrecha relación con Robledo de Chavela, localidad de la Sierra Oeste madrileña donde posee una casa y pasa largas temporadas —también las estivales—, y desde la que ha escrito una parte importante de sus obras y artículos. Es, además, miembro del Comité de Honor del Ateneo Antoniorrobles y participa con frecuencia en la vida cultural y educativa del municipio.
Y aquí comienza uno de esos juegos que tanto gustan a la literatura. Porque quien conozca Robledo de Chavela y se adentre en las páginas de esta novela tardará poco en sentir una extraña familiaridad con el pueblo en el que transcurre la acción. Gómez Cerdá no lo nombra. No hace falta. Están allí sus rincones, su atmósfera y, sobre todo, esa iglesia cuyos setenta y seis dragones contemplan desde lo alto cuanto sucede bajo ellos (excepto algunos de ellos, escondidos tras el retablo mayor). El autor convierte así un lugar real y cotidiano en territorio literario sin necesidad de bautizarlo: lo despoja de su nombre para entregárselo a la imaginación.
Tal vez sea esa una de las pequeñas travesuras del libro: esconder un puebloverdadero dentro de uno imaginario y confiar en que algunos lectores sepan encontrarlo. Porque los escritores, cuando conocen de verdad un lugar, no necesitan decirnos cómo se llama. Les basta con conseguir que lo reconozcamos.
La imaginación como forma de libertad

Un libro para niños que deberían leer los adultos Hay libros escritos para niños que solo hablan a los niños, y libros destinados a ellos que, por alguna misteriosa razón, terminan hablando también —y acaso con mayor contundencia— al adulto que un día fue niño y tuvo la mala ocurrencia de olvidarlo. Cualquier noche puede salir el sol, de Alfredo Gómez Cerdá, pertenece a esta segunda y mucho más rara estirpe.
Porque sería demasiado fácil despachar esta novela diciendo que en ella hay niños, fantasmas, dragones que abandonan el techo de una iglesia, personajes disparatados y un temible Dragón de Hierro empeñado en hacer de las suyas con el tiempo. Todo eso está ahí, naturalmente, y constituye el gozoso territorio de aventuras por el que corretea la historia. Pero debajo —los buenos libros siempre tienen un debajo— se agitan preguntas que tienen bastante poco de infantiles. Y hasta aquí puedo —y quiero— contar. No es mi intención destripar una historia cuyo descubrimiento forma parte esencial de su encanto. Baste decir que lo que sucede en sus páginas sirve a Gómez Cerdá para plantearnos algunas preguntas que, aunque aparezcan disfrazadas de fantasía, tienen bastante de reales.
¿Qué significa ser bueno? ¿Y ser malo? ¿Somos realmente aquello que creemos ser o aquello que los demás han decidido que somos? ¿Qué sucede cuando alguien pretende transformarnos, incluso para hacernos supuestamente mejores, sin preguntarnos antes si deseamos cambiar? Y, sobre todo, ¿qué hacemos con ese tirano silencioso, invisible e invencible al que llamamos tiempo?

En sus 17 capítulos y su epílogo sugerentemente titulado «Y se acabó», Gómez Cerdá aborda todo ello sin ponerse solemne, que es una de las formas más inteligentes de hablar de las cosas serias. Lo hace desde el humor, el disparate y una fantasía que no sirve para escapar de la realidad, sino precisamente para contemplarla desde otro lugar. Y lo hace, además, sembrando la historia de esos pequeños hallazgos que consiguen que lo imposible termine pareciéndonos perfectamente razonable: unos dragones que, cuando no andan ocupados en asuntos más trascendentes, se citan para jugar al mus; uno de ellos que se resigna a compartir una partida de cinquillo con unos fantasmas —trampas incluidas—mientras intenta convencerlos de las indudables ventajas del mus; un guardés entregado a la peculiar afición de coleccionar cosas extrañas… Todo ello como si formara parte de la rutina más elemental del mundo. Nardi y Beni se mueven así por un universo donde lo imposible ocurre con la misma naturalidad con que en el nuestro sucede lo absurdo; y quizá por eso, mientras avanzamos junto a ellos, terminamos aceptando que los dragones puedan cobrar vida con bastante menos dificultad de la que empleamos cada mañana para aceptar determinadas cosas del mundo real.
Y ahí reside buena parte del encanto de Cualquier noche puede salir el sol. Nos devuelve durante unas páginas el privilegio que perdimos al hacernos mayores: el derecho a creer que detrás de una puerta puede encontrarse cualquier cosa. Y eso no es poca cosa.
Hay además en la novela algo particularmente hermoso: el homenaje a Antoniorrobles, escritor ligado a Robledo de Chavela, convertido aquí en personaje y fantasma, que introduce en la aventura un delicioso juego entre realidad y ficción. El escritor real penetra en el territorio imaginario y termina habitándolo como si nunca hubiera pertenecido a otro lugar. Literatura dentro de la literatura; memoria que se transforma en fantasía para seguir viva.

Por eso este es uno de esos libros que un adulto debería leer sin la coartada de tener un niño cerca. Yo, que hace ya demasiado tiempo dejé atrás la infancia, lo recomiendo y agradezco haber podido disfrutar de sus páginas. Porque bajo su apariencia juguetona esconde una pequeña reivindicación de la imaginación como forma de libertad. Y porque quizá crecer consista, entre otras desgracias, en aceptar que los dragones pintados permanecen quietos en los techos.
Alfredo Gómez Cerdá parece empeñado en recordarnos lo contrario (y lo consigue).
Que tal vez nunca estuvieron quietos (aunque nos empeñáramos en creerlo).
Que quizá fuimos nosotros quienes dejamos de verlos (y algo perdimos en el camino… como tantas otras cosas).
Y que, si todavía somos capaces de levantar la cabeza y mirar con los ojos adecuados, cualquier noche —por qué no— puede salir el sol.

Alberto Yagüe López
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